EL FIN Y LOS MEDIOS.
¿El fin, justifica los medios? Esta es la pregunta correcta que los crevillentinos hemos de hacernos ante la actual realidad de nuestro pueblo. ¿Era lícito destruir sin el menor empacho un puente con más de 200 años de antigüedad, uno de nuestros principales símbolos identitarios, para sustituirlo por esa plataforma, carente del menor interés artístico y a juego con el techado del auditorio de la Casa de Cultura, que si a mí me recuerda a un pabellón deportivo, bastantes crevillentinos comienzan a llamarlo “La Gasolinera”? No hemos mejorado lo más mínimo; al contrario, el gusto por lo cutre se ha enseñoreado de este pueblo; y sobre todo, no sólo hay quien siente vértigo cuando pasa por el puente, sino que muchos –los que aún nos guiamos por el sentido común y no por fantásticas ensoñaciones- sentimos verdaderos escalofríos ante la facilidad con la que podemos presentir una desgracia cuando contemplamos los cuatro barrotes que sirven de barandas.
¿Es lícito expulsar de sus casas a quienes están en quieta posesión de ellas, para legalizar naves ilegales? Que se lo pregunten sino a los vecinos del polígono I-13, que con rabia y lágrimas en los ojos ven cómo van a perder, muchos de ellos, lo que habían recibido de sus padres y abuelos. Y todo por un gobierno que confunde la democracia con el principio que rige las sociedades anónimas: tanto tienes, tanto vales.
¿Es de recibo ver cómo el alcalde de este pueblo, después de pirómano, quiere convertirse en bombero en la cuestión de la inseguridad, por el sencillo expediente de culpar de todo a la delegación del gobierno y liarse a pedir toda una serie de disparates e imposibles de aquí a las próximas elecciones? Lo afirmo rotundamente: esta es una actitud completamente irresponsable que, a la larga, de ningún modo puede beneficiar a la eficacia policial y por ende, a los crevillentinos.
Se dice que fue Nicolás Maquiavelo el autor de la frase con la que encabezaba mi comentario. Desde cierta perspectiva, podría estar de acuerdo con el escritor florentino, en que la bondad de la labor del gobernante se mida por el fortalecimiento de las instituciones que gobierna. Pero cuando se está confundiendo a las instituciones (es decir, a la alcaldía, al ayuntamiento y al pueblo todo) con los intereses de uno mismo, como está haciendo un día tras otro este alcalde, toda la política incurre en una profunda corrupción de su verdadero sentido y grandeza. Y ahí sí, Maquiavelo era tajante: los pueblos virtuosos sólo pueden permitirse gobernantes virtuosos; luego sólo son permisibles fines virtuosos y medios virtuosos. Porque este alcalde, por mucho que algunos hayan sido persuadidos de lo contrario, no es ni Maquiavelo, ni su más célebre comentarista (Napoleón), ni, en los últimos tiempos, el César que conocimos.
Cayetano Mas Galvañ
Secretario General PSPV-PSOE
Agrupación Local Crevillent