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Los primeros asentamientos humanos en las inmediaciones de Crevillent, datados hace unos 30.000 años, se encuentran en la zona de la Ratlla del Bubo, en un abrigo en plena Sierra a unos 3’5 km. al Norte del actual casco urbano, y en la cabecera del Barranco de la Rambla, que atraviesa el pueblo y en cuyas inmediaciones se han localizado otras muchas instalaciones humanas.
Corresponde a la época de la última glaciación (Würm), de modo que hay que imaginar unas condiciones climáticas bastante diferentes y mucho más duras. En el abrigo de la Ratlla, el fuego se mantenía contínuamente encendido.
Pero es a partir de finales del Calcolítico (poblado de Les Moreres, 3.000-2.000 a.C.) cuando podemos seguir una ocupación continua en el término de Crevillent. Marca este poblado la frontera entre las culturas andaluzas y el Neolítico II valenciano. Más adelante, destacan los siglos que corresponden al Bronce final y Hierro antiguo (900 a.C. - 600 a. C.), en el que la Penya Negra (también en la sierra y sobre el mismo barranco de La Rambla) se erige en enclave fundamental para el conocimiento de los orígenes de la cultura ibérica. Se trata de un núcleo indígena, de gran extensión y de carácter urbano, con contactos comerciales con las culturas más importantes de la Península (Cogotas en la Meseta, Tartessos en Andalucía, Bronce final atlántico en el W). El objeto de este comercio es la floreciente metalurgia de la zona, y ese parece ser el motivo del temprano comercio con los fenicios, llegando a instalarse en el poblado un grupo de éstos, colonos-artesanos (orfebres y ceramistas) que elaboraban con arcillas locales un repertorio variado de cerámicas de tipo fenicio, enlazados con las colonias fenicias de la desembocadura del Segura (Herna-Guardamar). La Penya Negra se abandona –puede que por destrucción- hacia el VI a. C.
De época ibérica plena, de nuevo en los márgenes de la Rambla y al Norte del actual casco urbano encontramos los yacimientos de la cima del Castellar Colorat y también del Forat.
Con Roma, probablemente vinculado a la mayor seguridad y a la articulación de la red comercial alrededor de la vía Augusta (el “carril” del que hoy aún hablamos, y del que siempre se ha dicho que lleva a Roma), comienzan a aparecer poblamientos en el llano, al sur del actual casco urbano: Catxapets con su tesorillo (una ocultación monetal fuera de contexto, de excepcional interés y datable entre los años 211-100 a.C.), el Arquet y el Boix (restos de fundus romanos) y sobre todo la Canyada Joana, una magnífica villa que muestra una ocupación continua (con restos anteriores) desde el siglo II a. C. hasta el VI-VII d.C. En ella ha aparecido una almazara de los ss. IV-V d.C.: alguno de los olivos de las inmediaciones, todavía vivos, son de esta época o incluso anteriores.
La ruralización progresiva iniciada en el s. IV se consuma en los siglos VI-VII (momento de la instauración del poder visigodo y de la desarticulación del sistema comercial romano). En Crevillent se abandona la Canyada Joana y el poblamiento –siempre disperso- se desplaza hacia el NW, ocupando el límite sur del actual casco urbano. Estos restos alcanzan hasta el siglo X.
No tenemos datos relacionados con la introducción del cristianismo (aunque la primera sede episcopal valenciana es la de Elx, en 517), ni de la presencia bizantina. Sin embargo, la islámica está atestiguada prácticamente desde el principio, desde el siglo VIII (recordemos que el Pacto de Teodomiro afectó también a esta zona). Con los primeros tiempos de la nueva cultura islámica, se recupera el dualismo entre establecimientos en el llano y establecimientos en altura (en la sierra), quizá vinculado con razones socio-étnicas: los foráneos se establecerían en el llano, en tanto que los muladíes lo harían en altura, en poblados vinculados a una situación estratégica de control de los pasos naturales y de proximidad a los recursos naturales. Estos poblamientos y su continuidad están muy bien estudiados: en la Sierra, los yacimientos del Forat, el Frare y Les Ermitetes, algunos de ellos (como el del Frare) ricos en numismática y ocupados prácticamente hasta los tiempos del Ra’is –de los que hablaremos a continuación-. Probablemente sea este yacimiento el verdadero Castell Vell que se suponía estaba en la sierra, con cuyo nombre se denomina a todo el extenso paraje de la sierra donde está enclavado el Frare.
Por otra parte, el actual casco urbano nace también en este período, consolidándose el desplazamiento hacia el Norte desde la Canyada Joana: nace Qirbilyân, el Karbalyan del geógrafo árabe al-Himyari (del siglo XV), el primitivo Crevillent.
La presencia árabe fue continua y perfectamente documentada. Herencia árabe es la primera red de qanats (conducciones subterráneas de aguas) para extraerla de la sierra, una de las grandes preocupaciones y obsesiones en la historia de Crevillent.
Sin embargo, la época islámica más conocida es precisamente la final, que contiene una gran originalidad: los ra’is. Para situarla, hemos de contextualizarla en el proceso de incorporación de estas tierras a los reinos cristianos peninsulares. Como es sabido, en virtud de los acuerdos existentes entre los monarcas castellanos y aragoneses (particularmente por el Tratado de Almizra de 1244, y los acuerdos de vasallaje de Alcaraz de 1243 en favor del futuro Alfonso X, otorgados por el rey musulmán de Murcia, Baha al Dawla Ben Hud) y los arraeces más importantes de su reino, las actuales tierras meridionales valencianas (entonces pertenecientes a dicho reino de Murcia) fueron incorporadas por el infante castellano a su Corona. Según la propia Crónica General, uno de los arraeces que explícitamente aceptaron el vasallaje castellano fue el de Crevillent, y en la práctica fue la única población de la zona (salvo la propia Murcia) que no presentó algún tipo de resistencia al dominio castellano.
Con la revuelta mudéjar de 1264-1266, parece que en principio el arráez de Crevillent también se sublevó contra Castilla, razón que explicaría su apresamiento por los castellanos. Sin embargo, sabido es también que la revuelta fue extinguida por la intervención del Conquistador en nombre de su yerno. Precisamente es D. Jaime quien en su Crónica nos refiere que, estando en Orihuela a finales de 1265, fue visitado por el hijo del ra’is crevillentino, que venía a entregarle los dos castillos que estaban en su poder, pidiendo la libertad de su padre.
Esta actitud pactista y pacifista valdría a los arraeces de Crevillent distintas mercedes, pero sobre todo la subsistencia de su señorío particular hasta entrado el siglo XIV, lo que significa un hecho verdaderamente singular respecto del destino de sus homólogos, tal como quedó de manifiesto desde los estudios de P. Guichard. En el mismo sentido, y es importante destacarlo, la documentación revela unas excelentes relaciones entre los señores musulmanes de Crevillent y los monarcas aragoneses durante esta época, pese al mantenimiento del poder castellano.
Actitud que indudablemente facilitaría las cosas de cara al mantenimiento del señorío de los ra’is cuando a fines del siglo XIII tiene lugar la anexión del reino musulmán de Murcia a la Corona de Aragón por parte de Jaime II, pues de nuevo Crevillent sería el único enclave que se sometería pacíficamente a la nueva Corona. En efecto, tomadas Alicante y Orihuela por los catalano-aragoneses, el 17 de mayo de 1296 tuvo lugar la entrevista de Monteagudo, a las puertas de Murcia, en la que el ra’is crevillentino, Hamet Abenhudell (hay múltiples variantes del nombre: Mahomat, Hamet i Ahmad; Hudell i Hudayr), reconocía la soberanía de D. Jaime II, en señal de lo cual se comprometía a colocar el pendón real sobre el castillo de Crevillent y prometía serle vasallo leal y fiel. Pocos días después (23 del mismo mes), el rey le reconocía la posesión del dicho territorio, con otras prerrogativas entre las que destaca la concesión de la localidad de Beniopa, cerca de Gandía.
De esta manera, quedó establecida una colaboración amistosa de la que ambas partes obtuvieron buen provecho. En cuanto a las razones de esta relación, hemos de indicar que Jaime II adoptó una política más favorable que los castellanos ante los musulmanes confirmando sus privilegios y dirigentes, eximiéndoles de pagos… y a cambio vemos al ra’is crevillentino actuando como representante y agente político-diplomático de Jaime II. Incluso durante estos años Crevillent se convirtió en lugar de refugio para muchos musulmanes de la zona, lo que permitió que el ra’is tuviese una capacidad de liderazgo sobre la comunidad sarracena que excedía de sus estrictos dominios. Este papel de autoridad moral se ve también en el papel que se asignó al ra’is en las relaciones diplomáticas de la Corona de Aragón con Granada (incluidas embajadas), reclutamiento de mercenarios, y sobre todo como agente de noticias, o “espía”, gracias a la facilidad que tenían los de Crevillent para viajar sin ser descubiertos por Granada. También tuvo una cierta importancia, aunque menor, la ayuda militar y económica que los de Crevillent prestaron a los monarcas catalano-aragoneses.
Sin embargo, el estatuto del que disfrutaba Crevillent era una excepción, que pese a su larga duración, estaba condenada a extinguirse. Y lo haría el propio Jaime II. Aprovechando un conflictiva coyuntura local, causada por cuestiones sucesorias, probablemente el rey ya había decidido acabar con el señorío musulmán a fines de 1316. Y entre esa fecha y los primeros meses de 1318, tras la muerte del último ra’is (Ibrahim), el señorío–aunque de manera pactada, y compensando a los familiares del ra’is- fue desintegrado, y Crevillent revertido a la Corona, es decir, a la jurisdicción real. El 22 de diciembre de 1320, en evitación de cualquier reclamación sucesoria, Jaime II obtuvo de Heula (hermana de Ibrahim e hija del ra’is Muhammad II) la renuncia de todos sus posibles derechos sucesorios, mediante compensación pecuniaria. Se ponía fin de este modo a una de las épocas más singulares en la historia de Crevillent.
A señalar que esta viene a ser la época de uno de los más destacados crevillentinos, el médico Muhammad Al Safra Al Quirbiliani (127?-1360), cuya obra más conocida es el Kitab al Istiqsa (“Libro de la Indagación y la ratificación del tratamiento de las heridas y las inflamaciones”). Al Safra gozó de una gran fama en las cortes de Granada, Fez y Marrakech, y en general en todo el mundo islámico por el que viajó.
Por lo demás, el texto de nuestras embajadas festeras está inspirado y perfectamente documentado en estos episodios de la época del ra’is.
A partir de aquí, y durante el resto de la Edad Media, la historia local se verá determinada por:
-Su ubicación fronteriza, que la convierte en lugar de gran importancia estratégica en los distintos conflictos medievales. En este sentido, Crevillent fue objeto de repetidas acciones militares (por ejemplo, durante la Guerra de los Dos Pedros) e incursiones de los castellanos desde Murcia. Dichas incursiones no cejarían hasta el siglo XVI, pues la irrupción del Marqués de los Vélez junto con el segundo señor territorial de Crevillent (Diego de Cárdenas) en 1522, para sofocar la oposición antiseñorial manifestada en Elx y Crevillent durante las Germanías, tiene un claro precedente en esas cabalgadas castellanas, al tiempo que es la última conocida.
-Internamente, la continuidad de la población sarracena hasta su expulsión en 1609. Extinguidos los ra’is, el elemento mudéjar y morisco continuó siendo el mayoritario –prácticamente el único, hasta 1609-. Su dedicación económica fundamental fue la elaboración de esteras, organizándose como aljama aunque conocemos pocos datos en este sentido.
-Las distintas alternativas en la titularidad jurisdiccional hasta la constitución del señorío de los Cárdenas a fines del siglo XV. Crevillent –generalmente junto con Elx- fue en repetidas ocasiones cedido a miembros de la familia real catalano-aragonesa. Notable excepción fue su venta a la ciudad de Barcelona –en cuyos dominios permaneció entre 1391 y 1460- en garantía de un préstamo solicitado por el entonces infante Martín (después rey Martín I el Humano). No obstante, el hecho fundamental en este terreno fue el ocurrido a finales de la Edad Media, cuando en 1470 Juan II y su hijo Fernando el Católico ceden Elx y Crevillent a Isabel de Castilla, como dote por su matrimonio, y ésta inmediatamente los entrega a perpetuidad a su Maestresala Gutierre de Cárdenas, como compensación por los oficios realizados por éste en el matrimonio de Isabel y Fernando.
Esta donación resulta fundamental: desde entonces, y hasta la extinción del régimen señorial a principios del siglo XIX, Elx y Crevillent se convirtieron en un señorío particular de la familia Cárdenas-Maqueda-Altamira. La donación fue, no obstante muy controvertida, tanto desde el punto de vista legal (con un pleito que se extiende durante buena parte del XVI y todo el siglo XVII, hasta que el Consejo de Aragón falló en contra de los vasallos) dada su discutible legalidad; como desde las reiteradas explosiones violentas de oposición, especialmente durante las Germanías de Valencia en los años 20 del XVI, y sobre todo en Crevillent con el motín de Esquilache (1766), cuyo carácter fundamental es el de una revuelta antiseñorial.
Los aspectos básicos a destacar en la Edad Moderna son:
-La expulsión de los moriscos en 1609. Esta población, que habitaba en nuestro pueblo quizá desde la creación de su casco urbano es radical y totalmente expulsada hacia África (Orán). El suceso ocurre el 4 de octubre, de ahí que el patrón de Crevillent sea San Francisco. Los moriscos –con un pueblo vacío- son de inmediato reemplazados por población cristiana vieja, que son los ascendientes directos e inmediatos de los actuales crevillentinos.
-La continuidad del señorío. Pese a las resistencias, como se ha dicho el señorío continuó hasta principios del siglo XIX, en una tendencia evidente hacia un mayor endurecimiento de sus condiciones.
-Crecimiento y dificultades. En un principio, tras la expulsión de 1609 la población no pudo recuperarse más allá de un tercio del nivel anterior de población (en todo caso por debajo de las 1.000 personas). Sin embargo, a partir del aseguramiento del abastecimiento de agua procedente del Barranco de La Rambla, en los años 60 del siglo XVIII (aunque la de la búsqueda de agua en la sierra ha sido siempre la gran quimera en nuestro pueblo, con cientos de intentos: el Marxant, la Cata...), se inicia un gran despegue demográfico y económico, basado en la explotación de la barrilla, la “sosa” que aún hoy existe en abundancia. Junto a ella, la fabricación de esteras y útiles de esparto, y cada vez más el aceite, complemento de la sosa en la elaboración del jabón, al margen de sus usos alimenticios e incluso curativos. Este crecimiento colocaría a la población en el umbral de las 8.000 personas bien avanzado el XVIII. Sin embargo, a partir de los años de 1750 el crecimiento –ayudado por la ausencia de epidemias- comienza a verse comprometido, al alcanzar la población el nivel de los recursos disponibles en una economía bastante arcaica. De ahí varios fenómenos:
-El estallido antiseñorial del motín de Esquilache, que tuvo una participación mayoritaria y fue durísimamente reprimido.
-La aparición de los primeros grandes barrios de cuevas (Angel, Salud). También el crecimiento hacia el W (construcción del Puente de la C/. San Sebastián que lleva al Calvario, también de este siglo, e inicios de este nuevo barrio que andando el tiempo sería un “segundo Crevillent”).
-Las primera migraciones “golondrina”: los crevillentinos, que siempre habían destacado en la arriería por su posición estratégica, salen incluso a París (donde los vio Cabanilles en 1789) a vender sus esteras. Se inaugura así también la costumbre de ir a “estorar” a Palacio y las grandes casas de Madrid, consolidada en el XIX y el XX.
-Aparición del bandolerismo social, que tiene en figuras como las de Manuel Manchón “el Català” y sobre todo Jaime Alfonso “El Barbut” o “El de la Serra”, a su prototipo de finales del XVIII y primeras décadas del XIX. Jaime es el exponente prototípico del “noble robber” o “bandido generoso” (tipo Robin Hood), que roba al rico para dar al pobre. Aunque su vida debió ser bastante más prosaica, su leyenda está teñida de romanticismo. Fue ajusticiado por los absolutistas en Murcia cuando dejó de resultarles útil en la persecución de los primeros liberales.
En cuanto a los siglos XIX y XX, la historia crevillentina está en gran parte por hacer, no conociéndose mucho más que los datos demográficos y urbanísticos dados a conocer en su momento por Vicente Gozálvez y algunos otros tratadistas de la historia local.
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